El coste de no rectificar

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El coste de no rectificar

Muchas empresas no fallan por falta de mercado o producto, sino por mantener durante demasiado tiempo un enfoque que no funciona. El problema no es equivocarse al inicio, sino no corregir a tiempo las señales que ya están ahí.

Hay un error que se repite en muchas empresas cuando abordan un nuevo mercado o línea de negocio. 
No es equivocarse en el planteamiento inicial (eso es, en cierta medida, inevitable). 
El problema es persistir en ese error mucho más tiempo del razonable.

Cuando un enfoque no funciona, suele haber señales. Los ciclos de venta se alargan sin una razón clara. El cliente tipo que se imaginó no se comporta como se esperaba. Las conversaciones comerciales no terminan de convertirse. La propuesta de valor requiere cada vez más explicación. Nada de esto falla de forma evidente.

Pero está ahí.

Y suele aparecer antes de lo que la organización está dispuesta a reconocer.
¿El motivo? Que reconocerlo implica cuestionar decisiones ya tomadas, recursos ya invertidos y narrativas que ya se han comunicado dentro y fuera de la empresa.

 

Aquí entra en juego el coste hundido: la tendencia a seguir adelante con un camino no porque tenga sentido continuar, sino porque ya se ha recorrido una parte.

La lógica es simple, aunque rara vez se formula así: abandonar equivale a perder lo invertido.

Pero esa inversión ya está perdida, con independencia de lo que se haga a continuación.

La única pregunta relevante es qué se hace con lo que queda.

 

A esto se suma la inercia operativa.

Cuando un equipo ha construido rutinas, procesos y métricas alrededor de un enfoque concreto, cambiar de dirección no es solo una decisión estratégica.
Implica reorganizar agendas, redefinir roles y revisar objetivos.

La maquinaria en marcha tiene una resistencia natural a detenerse.
Y en ausencia de una señal de alarma clara, esa resistencia suele imponerse.

 

También aparece algo más difícil de detectar: la falsa sensación de avance.

Reuniones celebradas.
Materiales elaborados.
Conversaciones abiertas.

La actividad se confunde con el progreso.

Y cuando hay movimiento, aunque no lleve a ningún sitio, cuesta más admitir que el conjunto no está funcionando.

 

El coste real de esta situación rara vez aparece en un informe.

No se mide el tiempo de los equipos aplicado a un camino sin salida.
Ni el desgaste de trabajar durante meses con la sensación de que algo no termina de encajar.
Ni, sobre todo, el coste de oportunidad.

Los mercados que no se exploraron.
Las hipótesis que no se testaron.
Las conversaciones que no se tuvieron porque los recursos estaban comprometidos en otra dirección.

Y cuando se detecta, normalmente ya es tarde para recuperar el tiempo perdido.

 

Rectificar es difícil porque exige, antes que nada, nombrar el problema.

Y nombrarlo implica asumir que alguien lo planteó mal o lo sostuvo durante demasiado tiempo.

En entornos donde el error se penaliza más que la inacción, el incentivo no es corregir, sino esperar.

Esperar a que algo externo justifique el cambio.

Pero ese momento casi nunca llega a tiempo.

 

La experiencia muestra que las empresas que mejor navegan estos procesos no son las que evitan equivocarse, sino las que reducen el tiempo entre la señal y la decisión.

No es una cuestión de tolerancia al error, sino de capacidad para leer lo que está ocurriendo antes de que el daño sea irreversible.

 

El tiempo no corrige un enfoque equivocado.
Solo lo hace más caro.

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